Nací de otoños lluviosos y de sueños que no querían perder a su dueño. Me agrada perderme por las tardes anaranjadas que parecen a punto de entrar en un descanso eterno y volar en dirección del viento. Veo parejas de ancianos tomados de la mano y me recuerdan a mi primer amor, aquel que parecía; nunca acabaría. Y será por culpa de los árboles que, desnudos de sus hojas, no me dan lugar a esconderme, que ella siempre me encuentra luego de hacerla correr un poco. En realidad, siempre vuelvo a sus manos pronto antes de que deje de sonreír. Si hay algo que no me gusta es verla llorar, ya bastante el cielo me ahoga con penas que, alguna vez, miles de jóvenes le confesaron al mar.

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