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Mostrando entradas de 2008

El caminante (poesía)

El caminante


El rueda el cemento con sus pies
El embarra las ilusiones con su sed
Se origina para si mismo
Un infinito nebuloso
Que ni el sol puede esclarecer
Porque si de incierto se habla
Así, su camino es.

El busca algo perdido
Después de tanto andar
Algo perdido en el camino y,
Sin embargo,
No puede volver atrás.

Pinta fotografías en su mente
Recuerda historias de cajón
Lleva en su abrigo más de doscientos nombres
Y otros treinta y cuatro en el pantalón
Esconde su cabello emblanquecido
Bajo un gorro de gamuza azul
Pero no puede esconder sus años,
Que en el fondo de sus ojos
Oscilan el último adiós

Quizás ahora si
Sus manos estaban preparadas para trepar
Con tantas arrugas y asperezas
Los árboles ya no se le resbalarían más.
En lo alto de sus copas
Imagina una siesta
De a no despertar

Ella

Ella, como si fuera Dios allá arriba, desde los tramos de metal de la torre de electricidad, nos contemplaba, tremenda de tan indiferente. Sus largas polleras flotaban entre los caños y sus ojos paseaban entre nubes.
Aguardaba el atardecer, se maravillaba un rato con su color anaranjado y luego bajaba, casi como deslizándose por un tobogán, tan sigilosamente, hacia la tierra.
A media noche volvía, pero esta vez, para charlarle a la luna.
No esta mal.

Y pensar que ayer un amigo me pregunto: -¿Qué es lo que mas te gustaria ser en la vida?
Y yo, de la manera mas natural del mundo, le respondí:
-Ser madre

Historia de un caminante

Fue hace unas semanas atrás, cuando advertí su presencia, que la magia y el incógnito comenzaron a llenar ciertos rincones del barrio y, por supuesto, de mi mente también. Porque él, no solo llegaba al espacio físico de una manera entrañable, sino que también parecía gustarle revolotear de vez en cuando mi mente. O quizás no, tal vez lo hacía ajeno a todos, indiferente a nosotros, único para él, sin importar el paisaje ni el mundo circundante.
Ocurrió durante las vacaciones de verano, cuando con los chicos nos juntábamos en la plaza a tomar mates y tocar la guitarra con frecuencia, que lo vimos. La primera vez, solo yo admiré su imagen, recorriendo el terreno de suelo blando (porque la noche anterior había llovido), detenerse junto a la calesita por unos momentos y luego, cruzando la calle caminando por los alrededores, observando hacia el interior del club por la ventana del mismo y, finalmente, volviendo a la plaza para hamacarse plácido y sonriente en el columpio de pintura medio …