El caminante (poesía)

El caminante


El rueda el cemento con sus pies
El embarra las ilusiones con su sed
Se origina para si mismo
Un infinito nebuloso
Que ni el sol puede esclarecer
Porque si de incierto se habla
Así, su camino es.

El busca algo perdido
Después de tanto andar
Algo perdido en el camino y,
Sin embargo,
No puede volver atrás.

Pinta fotografías en su mente
Recuerda historias de cajón
Lleva en su abrigo más de doscientos nombres
Y otros treinta y cuatro en el pantalón
Esconde su cabello emblanquecido
Bajo un gorro de gamuza azul
Pero no puede esconder sus años,
Que en el fondo de sus ojos
Oscilan el último adiós

Quizás ahora si
Sus manos estaban preparadas para trepar
Con tantas arrugas y asperezas
Los árboles ya no se le resbalarían más.
En lo alto de sus copas
Imagina una siesta
De a no despertar

Ella

Ella, como si fuera Dios allá arriba, desde los tramos de metal de la torre de electricidad, nos contemplaba, tremenda de tan indiferente. Sus largas polleras flotaban entre los caños y sus ojos paseaban entre nubes.
Aguardaba el atardecer, se maravillaba un rato con su color anaranjado y luego bajaba, casi como deslizándose por un tobogán, tan sigilosamente, hacia la tierra.
A media noche volvía, pero esta vez, para charlarle a la luna.
No esta mal.

Y pensar que ayer un amigo me pregunto: -¿Qué es lo que mas te gustaria ser en la vida?
Y yo, de la manera mas natural del mundo, le respondí:
-Ser madre

Historia de un caminante

Fue hace unas semanas atrás, cuando advertí su presencia, que la magia y el incógnito comenzaron a llenar ciertos rincones del barrio y, por supuesto, de mi mente también. Porque él, no solo llegaba al espacio físico de una manera entrañable, sino que también parecía gustarle revolotear de vez en cuando mi mente. O quizás no, tal vez lo hacía ajeno a todos, indiferente a nosotros, único para él, sin importar el paisaje ni el mundo circundante.
Ocurrió durante las vacaciones de verano, cuando con los chicos nos juntábamos en la plaza a tomar mates y tocar la guitarra con frecuencia, que lo vimos. La primera vez, solo yo admiré su imagen, recorriendo el terreno de suelo blando (porque la noche anterior había llovido), detenerse junto a la calesita por unos momentos y luego, cruzando la calle caminando por los alrededores, observando hacia el interior del club por la ventana del mismo y, finalmente, volviendo a la plaza para hamacarse plácido y sonriente en el columpio de pintura medio roja resquebrajada por los años. Al día siguiente, y por la tarde, volvimos a juntarnos para hacer música y allí otra vez estaba él, haciendo exactamente el mismo recorrido. Entonces les dije a mis amigos y su andar resultó ser una agradable temática de diálogo entre nosotros y pasó a convertirse en un personaje exótico y adorable al cual ahora conocíamos.
Siempre parecía buscar algo porque cuando llegaba a la calesita, al club o a los juegos, miraba en todas las direcciones y después, se encerraba consigo mismo observando el suelo. ¿Será a su nieto? ¿Algún perro? ¿Un reloj que se le pudo haber caído? ¿Sus documentos? Ninguno de nosotros lo sabía. Le pregunté a mis padres, una noche en la cena, si alguna vez habían notado su presencia y si sabían de quien se trataba. Me respondieron que su nombre era Carlos y que vivía a unas pocas cuadras de la plaza en una casa vieja de puerta de hierro verde, paredes amarillas y un jardín delantero. Enseguida supe cual era la casa porque el pasto de ese jardín parece haber sido podado por última vez en el mil ochocientos y siempre hay dos o tres gatos merodeando por esa selva en miniatura. Me fui a acostar y no podía quitarlo de mis pensamientos, pero sobre todo, me intrigaba saber que era lo que buscaba el pobre viejo.
El rueda el cemento con sus pies, embarra las ilusiones con su sed. Se origina para si mismo un infinito nebuloso que ni el sol puede esclarecer porque si de incierto se habla, así, su camino es. El busca algo perdido después de tanto andar. Algo perdido en el camino y, sin embargo, no puede volver atrás.
Pinta fotografías en su mente, recuerda historias de cajón. Lleva en su abrigo más de doscientos nombres y otros treinta y cuatro en el pantalón. Esconde su cabello emblanquecido bajo un gorro de gamuza azul, pero no puede esconder sus años que, en el fondo de sus ojos oscilan el último adiós.
Quizás ahora si sus manos estaban preparadas para trepar; con tantas arrugas y asperezas los árboles ya no se le rebelarían más. En lo alto de sus copas imagina una siesta de a no despertar. Cuando mira las alturas, es solo él, los arboles y nada más. Cuando se arroja a si mismo hacia adelante con los pies, en el columpio… parece un niño, pero no lo es.
¿Qué busca? Fue lo último que pude decir, luego me dormí.
Hacia ya dos semanas que lo veíamos casi siempre haciendo su rutina, caminando por ahí, como si buscase algo. Unos vecinos nos dijeron que vivía con su mujer y que nunca había tenido nietos, ni hijos. Que antes había sido dueño de un perro que murió de viejo. ¿Será el entonces a quien cree perdido? Podría ser…
El viejo Carlos era muy solitario ya que se limitaba a saludar solo a algunas personas con un gesto pero nunca entablaba conversación con nadie ni se lo vio tampoco acompañado mas que de su sombra. Ya no trabajaba, no hacia compras, solo caminaba por las tardes, todos los días. De domingo a domingo, excepto cuando llovía porque su mujer no lo dejaba salir. Temía que se enfermase, ya no era un niño como para poder soportar un simple resfriado. Sin embargo, el viejo Carlos, salió una tarde en la que el agua ahogaba a todo lo que estuviera a menos de tres centímetros del nivel del suelo. Lo vio el carnicero, que justo se estaba fumando un cigarrillo en la puerta de su local, bajo un techito de chapa que acompañaba el rugir de los truenos con el sonido que desprendía al temblar.
“Estaba saltando, danzando entre los caños de los columpios agitando su sombrero con una gran excitación. Creo que reía, no pude oírlo muy bien por los estruendos y el viento. Esta loco” me dijo a los dos días de la gran lluvia José. Sentí una extraña alegría por él. Me lo imaginaba, todo embarrado y sin importarle siquiera un poco. Pero di cuenta después, que ese día no estuvo en la plaza ni en el club, ni por los alrededores. Tampoco el siguiente ni el siguiente día. Paso una semana recién hasta que supe de él, cuando vi la ambulancia alejarse de su casa. Me invadió el miedo, sabia que todo estaba mal. Junto a la puerta, una viejecita pequeña, amiga de la mujer de Carlos, me dijo que estaba muy grave, que había tenido neumonía y que los médicos no desprendían ni una gota de esperanza de sus rostros. Esa noche, Carlos falleció.
No hubo mucha gente en el velorio, solo algunos pocos rostros duros y tristes. Me acerque a su señora para darle el pésame y por un momento, se me ocurrió la absurda idea de preguntarle que era lo que su esposo buscaba, pero no pude hacerlo porque no me pareció acorde con la situación.
Tampoco hizo falta que me acercara otro día cualquiera para preguntárselo porque una noche, sentada en los columpios de la plaza, en ese medio rojo que le había pertenecido a Carlos por mas de quinientas tardes, lo entendí. Supe que era, y que también yo, casi lo había perdido. Era eso que lo hacia sentirse fuerte, enérgico, vital, inocente, sin responsabilidades ni cuentas a pagar. Era algo que, por suerte, Carlos parecía haber encontrado la ultima vez que salió de su casa, esa tarde de lluvia… si, Carlos, esa tarde danzando entre los columpios, había recuperado su niñez.

Algodón y azúcar

Él parece de algodón y azúcar, Pero en el centro es una roca despiadada. Él puede llenarte de amor, Pero sus huecos insaciables No te p...