Tostadas

Despierto. Ahora puedo oler tus tostadas, filtrándose bajo las cobijas de mi cama, dejando una huella de su perfume a cada centímetro de camino que recorre mi rostro en el aire mientras me desperezo. Ahora pienso en tus tostadas, esas que me daban la bienvenida en la cocina cada mañana al salir de mi perturbada habitación, que se ha vuelto menos perturbadora que el resto de la casa a raíz de tu ausencia. Siempre fuiste tan especial, luciéndote con esos pedacitos de madre, uno tras otro durante lo que duraba cada día. Nos hacías la cama al viejo, a mi hermana y a mi, siempre. Nos lavabas la ropa con jabón blanco y una tabla, a pesar de que hacía rato que se habían inventado aparatos para hacerlo por vos. Cada comida que nos preparabas era hecha enteramente por tus manos y aún así, tenías tiempo para tejernos ropa en invierno y llevarnos a pasear en verano. Nunca pedías nada a cambio, todo lo que ganabas nos lo dabas a nosotros hasta que te cansaste de recibir la quimioterapia y te fuiste a dormir una siesta para siempre, antes de tiempo para mi eterno parecer.
Hoy recuerdo tus tostadas má, tus cuentos de media noche, tus comidas, tus risas y sonrisas. Sé que te gustaría que siga adelante tragándome el dolor de tu perdida, que no te recuerde más de lo necesario y que salga todas las mañanas a estudiar y ganarme a mi mismo aún sin tus tostadas pero algunas mañanas se hace más difícil que otras. Hoy te recuerdo, hoy te extraño

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