Malena no juega

Como todas las mañanas, mamá me ayuda a calzarme la mochila y abrocharme el guardapolvo luego de tomar el desayuno. Salimos de casa, me sube a su bicicleta y me lleva al colegio por las calles de tierra que se tejen entre las cuadras del barrio. Oímos alguna que otra bocina de coches de los vecinos y respondemos con un amable gesto de la mano y una sonrisa. Luego de hacer unas diez cuadras, mamá me baja de la bici, me da un beso en la mejilla y me voy corriendo a ver a mis amigos que me esperan en la entrada de la escuela para cambiar figuritas antes de entrar a clases.
Nosotros, los varones, en general estamos todos juntos en las escaleras del edificio, mientras que las chicas se dispersan en dos o tres grupos mas pequeños. A las ocho en punto suena la campana y todos nos vamos adentro, ahí es cuando llega ella. Tan silenciosa como mi papá cuando está en casa descansando, sube las escaleras, cruza el hall, camina por el pasillo y entra al salón y se sienta en su banco de adelante, contra la pared. No habla con nadie más que con la maestra. Al principio nos reíamos de ella porque no tenía amigos pero luego nos acostumbramos a su “ausencia” .
Es difícil prestar atención cuando Pedro me muestra, por debajo del banco, las figuritas que se compró. Yo no tenía ninguna de ellas así que me puse a negociar para conseguir al menos dos o tres de las suyas y no podía esperar hasta el recreo. No me faltaban muchas para completar el álbum así que las de Pedro, que se reía y me gozaba fastidiosamente, eran claves pero la maestra no lo entendía y nos callaba a cada rato. Volvió a sonar la campana y todos salimos al patio para disfrutar nuestro recreo menos ella, que se quedaba en su banco haciendo no se qué porque yo ya no estaba ahí para saberlo. Cuando se hicieron las doce sonó la última campana y nos fuímos cada uno para su casa. Era viernes y como de costumbre, mamá me dejaba ir a jugar al fútbol a la plaza después de tomar la leche, con los chicos de la escuela (ya que todos eramos del mismo barrio). Ahí, sobre la plaza, vivía la chica silenciosa y una de sus ventanas daba a la calle. A veces la veía observándonos detrás de sus cortinas, tan tímida. Yo no se porqué nunca viene a jugar con nosotros si vive sola con su padre, no tiene hermanos menores que cuidar. Su hermana mayor se había ido a vivir con el novio hacía varios años y nunca más la volví a ver, creo que ya no fue a visitarlos.
Esa tarde, Pablo pateó bien fuerte la pelota y no sólo le erró al arco sino que la clavo bien arriba de un árbol, era imposible bajarla así que tuvimos que suspender el partido. Algunos de los chicos se fueron a sus casas y otros nos colgamos de las hamacas donde estaban las chicas, organizando para jugar a la mancha. Eramos pocos: Julian, Pablo, Eugenia, Virginia y yo así que se me ocurrió invitar a la chica silenciosa.
-¿Cómo se llama?-pregunté
-Malena- me dijo Virgi- pero yo no la voy a ir a buscar. Andá vos que tuviste la idea.
-Bueeeno, voy yo
Crucé un cuarto de la plaza, la calle con cuidado porque a mi mamá mucho no le gustaba y llegué hasta la pequeña puerta de su casa, de una chapa descascarada y medio hundida como si la hubiesen pateado fuerte. Un perro empezó a ladrar de golpe, ni bien me paré frente a ella y podía ver como asomaba sus garras por debajo. Golpeé mis manos y una voz grave preguntó “¿Quién?”
-¿Está Malena?
La puerta se abrió y hombre alto, desprolíjo, con un olor fuerte y feo agarro al perro (que era un pastor alemán) por el collar y me habló de mal modo.
-¿Para qué la querés a Malena?
-Disculpa yo.. quería saber si..
-¿Si qué?
-Si podía salir a jugar con nosotros
-No nene! Malena no va a salir a ningún lado así que no vengas a buscarla mas y donde te vuelvo a ver por acá te suelto al perro
El hombre dio un portazo y yo me volví para la plaza con los chicos a jugar a la mancha hasta que se empezó a hacer de noche y mi mamá me vino a buscar para que no me volviera solo. Anduvimos juntos por las calles de tierra, yo pateaba algunas piedras hasta que las sacaba fuera del camino no se bien porqué. Quizás, sin darme cuenta, las estoy salvando de las ruedas de los autos para que no las pisen. No se porqué salvo a las piedras y no a los gorriones que alcanzo con mi gomera, no se porqué Pablo no puede hacer un gol pero si patear la pelota al árbol bien arriba, no se porqué a Pedro le tocan figuritas más difíciles que a mi ni tampoco porque la niña silenciosa no nos habla... Yo no se porqué a Malena no la dejan salir a jugar.



Yo no sé si Malena sabe que yo la llevaría a jugar conmigo todos los días y le hablaría cada mañana en el colegio para que se sienta bien y no esté tan sola.

1 comentario:

Aldana dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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